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Mar del Atlántico oriental, comprendido entre Europa meridional,
Asia
occidental y África del norte; con 2,5 millones de km²
aproximadamente y 3.860 km de longitud, es el mar interior más
grande
del mundo. Sus aguas, que bañan las tres penínsulas del sur de
Europa
(Ibérica, Itálica, Balcánica), comunican con el océano Atlántico
a
través del estrecho de Gibraltar, con el mar Negro por los
estrechos
del Bósforo y de los Dardanelos, y con el mar Rojo por el canal
de
Suez.
Las costas son predominantemente elevadas en el litoral
septentrional, con acantilados y escarpes (debido a la cercanía
de
formaciones alpinas como los Alpes, los Apeninos o los Alpes
Dináricos), y regulares y generalmente bajas en las costas meridionales.
Con
una anchura media de 600 km, el Mediterráneo presenta, en su
parte
central, entre la isla de Sicilia y la costa de Tunicia, su paso
más
estrecho (canal de Sicilia, 140 km), que sirve como referencia
para
la subdivisión del mar en dos amplios sectores: el Mediterráneo
occidental (3.600 m de profundidad máxima) que engloba el
archipiélago Balear, Córcega, Cerdeña y, entre otros mares
secundarios, el de Alborán, Orán, Liguria y Tirreno; el
Mediterráneo
oriental (5.093 m de profundidad máxima) que comprende las islas
de
Creta y Chipre y, entre otros mares, el Adriático, Jónico (con
las
islas homónimas), Egeo (islas Cícladas y Espóradas) y Levantino.
La
estrechez de su salida al Atlántico, que dificulta la renovación
de
sus aguas, junto a la elevada evaporación existente, que se
deriva de
su latitud, explican que la tasa de salinidad existente sea
relativamente alta (máxima de 39,5% al este).
En el plano económico, su tradicional importancia como vía de
tráfico
comercial entre Europa, el Magreb y el Próximo oriente se vio
relanzada notablemente a raíz de la apertura del canal de Suez,
que
abrió una ruta artificial hacia el Índico, a través del mar Rojo.
En
sus márgenes se emplazan notables puertos como Barcelona,
Marsella,
Génova, Nápoles, Venecia, Trieste, El Pireo, Beirut, Port Said,
Alejandría, Argel, etcétera. Sin embargo, la actividad pesquera
es
discreta: la limitada plataforma continental del Mediterráneo,
que
tan sólo alcanza cierta entidad en el Adriático y en Tunicia,
unida a la pobreza en sales nutritivas de sus aguas, no han favorecido la
proliferación de la fauna marina. Por otro lado, la benignidad
del
clima y la belleza de sus costas han favorecido el desarrollo del
turismo (Costa del Sol, Costa Brava, Costa Azul, Riviera,
etcétera),
que, a veces, ha repercutido de manera negativa en el entorno
natural. Esta degradación del litoral también se puede hacer
extensiva a sus aguas, consideradas como unas de las más
contaminadas
del mundo. En un intento de atajar este problema, en 1975 se
concertó
el plan de acción del Mediterráneo, por el cual, a partir de
1995,
todas las ciudades ribereñas de este mar depurarán sus residuos
orgánicos.
La cuenca mediterránea fue ya poblada durante el paleolítico
inferior. Con el advenimiento del neolítico, empezaron a
manifestarse
estadios diferentes de evolución cultural entre el Mediterráneo
oriental y el occidental, este segundo más atrasado. Si bien no
está
claro cuándo empezaron las navegaciones, que durante muchos
siglos no
superaron el cabotaje, conviene recordar que, con la aparición de
las
culturas del metal en el III milenio a.J.C., el comercio del
cobre y
del estaño promovió las relaciones entre ambos extremos del
Mediterráneo. De esta forma, en el oriental surgieron potencias
marítimas, en particular las ciudades costeras de lo que más
tarde
sería Fenicia y Creta. Un fruto de esta actividad marítima fue la
aparición en el sureste de España de la cultura de Los Millares.
A
principios del I milenio, Fenicia se lanzó a la colonización del
Mediterráneo occidental, donde fueron fundadas diversas factorías
y
ciudades, una de las cuales, Cartago, habría de ser, en la
segunda
mitad del milenio, la potencia predominante hasta su sustitución
por
Roma en el siglo II a.J.C. Mientras, en el sur de la península
Balcánica, Grecia estaba en plena evolución, pues, a consecuencia
de
las invasiones dorias, había sido destruida la gran civilización
micénica y estaba siendo sustituida por una nueva cultura.
A partir del siglo VIII, los griegos también se lanzaron a la
colonización y, primero en el Mediterráneo oriental y en el mar
Negro
y luego en el Mediterráneo occidental con especial densidad en el
sur
de Italia y este de Sicilia, fundaron numerosas colonias, que, en
el
ámbito occidental, entraron en conflicto con los cartagineses y
los
etruscos. A finales del siglo VI, apareció en el Mediterráneo
oriental una nueva potencia, la Persia aqueménida, mediante la
conquista de Asia Menor, Siria y Egipto. Por medio de las guerras
médicas, los griegos frenaron la expansión persa. Ya en el último
tercio del siglo IV, el contraataque griego, dirigido por los
macedonios de Alejandro Magno, extendió la cultura griega por el
ámbito del imperio persa y dio origen al helenismo, que había de
impregnar culturalmente todo el Próximo oriente durante siglos.
También en el siglo IV, la ciudad de Roma, en la Italia central,
fue
conquistando progresivamente la península, lo que la llevó a
entrar
en contacto con los dominios cartagineses. A mediados del siglo
siguiente, Roma y Cartago entraron en conflicto abierto (primera
guerra púnica), que acabó con aquélla asentándose por primera vez
fuera de la península (conquista de Sicilia y Cerdeña). La
segunda
guerra púnica (218-201) representó para Roma el control del
Mediterráneo occidental y el inicio de la conquista del oriental,
completada a finales del siglo I a.J.C. Durante más de cuatro
siglos,
el ámbito mediterráneo estuvo unificado políticamente y, si bien
se
produjo un acercamiento cultural, el occidental se latinizó,
mientras
que la cultura romana no logró desplazar el predominio del
helenismo
en la zona oriental. Las colonizaciones griega y fenicia y la
conquista romana originaron una gran actividad comercial marítima
entre uno y otro extremo del Mediterráneo, así como la aparición
de
numerosos piratas, contra los que Roma hubo de luchar para
conseguir
la seguridad de la navegación.
En el siglo V d.J.C., se rompió la unidad política de la cuenca
mediterránea: las invasiones germánicas destruyeron el imperio de
Occidente y lo sustituyeron por varios reinos, mientras que el
imperio de Oriente podía resistir los ataques de germánicos y
eslavos
e incluso, por un breve período de tiempo, recomponía
parcialmente la
antigua unidad con la conquista de Italia, norte de África y
sureste
de la península Ibérica en el siglo VI. En esta época, los
territorios que habían formado el imperio romano habían adoptado
ya
el cristianismo, en cuya difusión tuvieron gran importancia las
comunicaciones marítimas y terrestres, la importante red de
ciudades
y la unidad cultural promovida por Roma.
En el siglo VII la fulminante expansión árabe, que en poco más de
un
siglo se extendió desde el Asia central hasta los Pirineos por
Asia
interior y norte de África, rompió una vez más la unidad política
del
Mediterráneo e implantó en la zona bajo su dominio unos valores
culturales y sociales que, aunque deben algunos elementos a la
tradición grecolatina, son fundamentalmente distintos de los de
ésta.
Mientras la Europa occidental cristiana se debatía en la
gestación de
un nuevo sistema político y económico, que acabaría con la
implantación del feudalismo, y el imperio bizantino, con
alternancias
de esplendor y decadencia políticos y culturales, conservaba y
reelaboraba la tradición clásica e impedía la expansión de los
pueblos islámicos por la zona balcánica, la mayor parte de la
península Ibérica, toda la costa mediterránea meridional y el
levante
formaban parte de un ámbito cultural y económico pujante. Desde
el
siglo VIII hasta el XI, la marina musulmana dominó el
Mediterráneo
occidental y disputó el predominio en el oriental con la
bizantina.
Con las cruzadas, la situación cambió: el transporte de las
expediciones y el comercio con los estados latinos de Oriente fue
aprovechado por diversas ciudades italianas para crear nuevas
marinas
o desarrollar las ya existentes. Barcelona, en la península
Ibérica,
y Provenza, en Francia, se sumaron a este movimiento. A partir
del
siglo XIII, la actividad comercial entre las costas del norte y
las
del sur del Mediterráneo alcanzó gran dinamismo. Venecia, Génova
y
Cataluña se vieron enfrentadas en varias ocasiones por el control
de
los mercados. Sin embargo, esta situación se modificó
profundamente a
partir del siglo XV. Modificaciones técnicas en la navegación
como la
aparición del barco redondo, el desarrollo de los países del mar
del
Norte, la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos y
la
expansión ultramarina de Castilla y Portugal, seguida por las de
Francia, Inglaterra y las provincias unidas a partir de finales
del
siglo XVI, relegaron a un segundo plano el Mediterráneo, que
entró en
una fase de recesión económica.
El siglo XVIII comenzó con la entrada en liza de una nueva
potencia
marítima en el Mediterráneo: la conquista de Gibraltar y Menorca,
durante la guerra de Sucesión española, proporcionó a Inglaterra,
ya
plenamente asentada en navegación atlántica, unas bases para su
marina de guerra, que ya no dejaría las aguas mediterráneas. La
conquista de Argelia por Francia, iniciada en 1830, y la apertura
del
canal de Suez (1869), que convertía al Mediterráneo en la
principal
vía de comunicación con el Extremo Oriente, revitalizaron la
navegación mediterránea. El siglo XIX también presenció los
intentos
de otra potencia de acceder al Mediterráneo: Rusia, atrapada por
el
imperio otomano en el mar Negro, intentó una y otra vez abrir el
paso
de los estrechos (Bósforo y Dardanelos).
A finales del siglo XIX y a principios del XX, el colonialismo
también se impuso en el ámbito mediterráneo, sobre todo a
expensas
del imperio otomano y de sus estados vasallos. Egipto, Tunicia,
Marruecos, Libia, Chipre, el Dodecaneso, Argelia, antes de la
primera
guerra mundial, y Siria y Palestina, después, pasaron a ser
controlados, como colonias, protectorados o mandatos de la
Sociedad
de naciones, por Francia, Reino Unido, Italia y España. Después
de la
segunda guerra mundial, los países del sur del Mediterráneo
recuperaron su independencia, aunque la creación del estado de
Israel
fue origen de numerosas e importantes tensiones. Por otra parte,
Estados Unidos se hizo presente en este mar mediante la VI Flota,
mientras la Unión Soviética también mantuvo unidades de su flota
en
estas aguas. La explosión demográfica de los países musulmanes
mediterráneos, su insuficiente desarrollo económico y la difusión
del
fundamentalismo islámico pueden desembocar en una inestabilidad
política en la zona sur del Mediterráneo en un momento en que se
abren ciertas esperanzas de solución del problema
palestino-israelí
después de la firma del tratado de Gaza y Jericó (1993).
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